Gracias, presidente. Buenos días a todas las que nos acompañan, a todas las que nos escuchan, a todas las que gritan en silencio.
Hablamos de 8M. Para algunos es un trámite. Para nosotras es un grito. Uno sereno, pero grito al fin y al cabo, pronunciado desde muchas gargantas. Uno que no supone un trámite bonito para la foto. El 8 de marzo no es «flores y cartelitos»: es memoria, es lucha y es política pública. Y es también prueba de calidad democrática. De la que nos permitimos y de la que nos pretenden imponer.
Digo esto porque estamos viviendo un contexto que no se puede maquillar. El antifeminismo ya no es un murmullo de barra de bar, sino estrategia política. Hay proyectos reaccionarios que han decidido que el campo de batalla sea el cuerpo, la libertad y la voz de las mujeres y de las personas LGTBIQA+; y que los derechos conquistados se cuestionen como si fueran caprichos ideológicos. No lo son. Defender la igualdad es defender la democracia. Quien niega las violencias machistas, lo que está haciendo en realidad es degradar el suelo moral sobre el que se sostiene lo común.
Por eso me gusta que el texto no caiga en lo decorativo. Tiene una columna vertebral clara: reconoce la historia del 8M, nombra las desigualdades materiales que siguen ahí —brecha salarial, techos de cristal, precariedad, sobrecarga de cuidados— y afirma algo central: la igualdad no es «un tema de mujeres», es una cuestión de justicia social y de convivencia.
Y tiene, además, algo que en lo local es capital: baja a tierra. No hablamos desde la abstracción, hablamos desde una realidad concreta. La Rinconada lleva más de 30 años sosteniendo políticas de igualdad de manera ininterrumpida. Esto no es casualidad: es decisión política, presupuesto, equipos técnicos, continuidad. No es perfecto —nada lo es—, pero es un modelo que ha construido red, seguridad y autonomía. Las cosas, por su nombre.
En esa red hay un nombre propio que merece ser dicho con respeto: el Centro Municipal de Información a la Mujer. Quien trabaja en primera línea sabe que no hay discursos grandilocuentes que sustituyan una atención cercana, especializada y humana. Y que muchas veces, cuando la institución funciona, lo hace porque hay profesionales que sostienen más de lo que se ve, y bastante más de lo que se paga. Reconocer esa labor no es halago: es justicia.
Queremos poder sonreír en libertad. También desde las instituciones. Pero la sonrisa institucional no puede ser ingenua. La violencia machista intenta legitimarse en la pantalla. Entra por el ordenador, vive en nuestro bolsillo, inunda nuestras redes personales, convive con las fotos de nuestras vacaciones. El espacio digital se está usando para acosar, humillar, disciplinar y expulsar a mujeres del debate público: activistas, periodistas, representantes políticas, chicas jóvenes. Y con la inteligencia artificial se ha abierto un frente nuevo: manipulación de imágenes para sexualizarnos o ridiculizarnos, campañas automáticas de acoso… No es ciencia ficción: es control social con tecnología. Y un ayuntamiento serio no mira para otro lado. Si defendemos igualdad, defendemos entornos digitales seguros. Antes, pesaba sobre nuestra mente: «¿podré volver sola a casa?». Ahora ha escalado a «¿podré subir esta foto en la playa?, o ¿estoy segura si subo una foto de cuando era pequeña?». Que haya necesidad de hacerse estas preguntas nos indica que algo se ha roto, que es necesaria más regulación y educación.
Hay otro punto que no podemos perder de vista: los cuidados. La economía real —la vida— se sostiene con trabajo invisible, mal remunerado o directamente gratuito. Hablar de conciliación y corresponsabilidad no es un adorno “progre”: es hablar de tiempo, salud mental, autonomía económica, pobreza femenina. Esto debe traducirse en servicios, programas, y en poner recursos donde se ponen las palabras.
Así que, ¿qué estamos aprobando hoy? Un compromiso institucional que tiene que significar tres cosas muy concretas.
Primero: continuidad y blindaje. Que las políticas de igualdad no dependan del humor, del ciclo electoral ni de la moda del momento.
Segundo: protección y actualización. Que lo que ya funciona —como el Centro de la Mujer y la red municipal— tenga recursos, formación y capacidad para responder a violencias nuevas y viejas.
Tercero: ejemplaridad. Porque si las instituciones no son espacios seguros y respetuosos, perdemos autoridad moral para pedirle nada a la sociedad. Aquí dentro también se predica con el ejemplo: protocolos, prevención, cero tolerancia con el abuso de poder, y cero normalización del chiste «inofensivo» que siempre cae del mismo lado.
Termino. Votar a favor de este texto es decir algo sencillo: que este Ayuntamiento no va a retroceder. Que no vamos a aceptar el negacionismo, ni el ruido, ni la trivialización. Que la igualdad es una política de Estado… y, en lo municipal, una política de barrio, de ventanilla, de equipo técnico, de presupuestos y de vida cotidiana.
Y sonreímos. Sonreímos porque sabemos lo que se ha construido y porque tenemos claro lo que queda por construir. Muchas gracias.
Todas las noticias de Podemos La Rinconada, en tu bandeja