Nuestras propuestas para los presupuestos de 2026 determinan algo que podemos decirlo sin miedo: la política basada en la escucha y la propuesta ya no es un experimento, es nuestra forma de trabajar. Y ha costado. Tres años de calle, de reuniones infinitas, de ajustes, de negociar incluso cuando no apetecía, y de asumir que transformar un municipio no es un sprint, es resistencia organizada.
A estas alturas tenemos claro que la protesta sola no construye nada. Es necesaria para señalar lo injusto, pero insuficiente para repararlo. La experiencia vecinal ha sido siempre el contrapeso, el recordatorio constante de que ninguna institución entiende un problema tan bien como quien lo sufre o lo vive. Por eso estos acuerdos programáticos nacen de abajo hacia arriba y no al revés.
2026 llega también con un cambio de mentalidad: pasamos de “pedir que se haga” a “garantizar que se hace”. Y esa diferencia es enorme. Requiere método, constancia y, sobre todo, responsabilidad. La política se vuelve adulta cuando deja de mirar al calendario electoral y empieza a mirar al calendario de la vida real.
Cerramos este ciclo con una idea sencilla pero poderosa: gobernar con la gente implica escuchar, pero también implica responder. Y responder significa comprometerse. Este documento es, ante todo, un compromiso vivo con los vecinos y vecinas que han marcado el camino durante estos tres años.
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