Podemos Rinconada
La misma historia, contada dos veces
Hay discursos que parecen inofensivos mientras se quedan en la teoría, en el despacho, en la frase suelta de un dirigente que cree que nadie va a acordarse.
Hay discursos que parecen inofensivos mientras se quedan en la teoría, en el despacho, en la frase suelta de un dirigente que cree que nadie va a acordarse. Y luego hay el momento en que esa teoría deja de ser abstracta y se convierte en una familia real, con nombres, con caras, con dos niños que se ríen en una fotografía. Ese es exactamente el tránsito que hemos visto estas últimas semanas, y que a mí, como compañera de corporación, se me ha quedado clavado de una manera que no puedo ni quiero disimular.
Porque no son dos historias distintas. Es una sola historia contada dos veces, con el mismo protagonista, con apenas unas semanas de diferencia, y con el mismo discurso de fondo sosteniendo ambos golpes, solo que vestido de maneras distintas cada vez. Primero como argumento político. Después como insulto anónimo. El daño, en el fondo, siempre viene del mismo sitio: la estrechez para entender que las creencias no son imposición.
Vayamos por partes.
Primer acto: el testimonio
Hace unas semanas, coincidiendo con el mes del Orgullo, Rafa Reyes contó publicamente algo que no era una opinión ni un dato de encuesta: era su vida. Narró que, mientras él descubría su sexualidad, escuchó a dirigentes del PP de entonces calificar la adopción por parte de dos padres o dos madres como, literalmente, «la última opción» para un menor. La última. Un mal menor al que recurrir solo cuando ya no queda nada mejor. Hoy, Rafa es padre de dos hijos.
La respuesta que recibió del PP actual fue la frase de manual que ya conocemos de memoria: «los partidos evolucionan junto a la sociedad». Ni siquiera llega para disculpa. Ni un «nos equivocamos». Solo la fórmula perfecta para parecer que se disculpan sin disculparse por nada en absoluto. Otro de los «esa persona de la que usted me habla» que pensábamos que solo estaría en la esfera nacional.
Segundo acto: la fotografía
Unas semanas después, ese mismo hombre publicó una fotografía. Él, su marido, sus dos hijos. Una imagen bonita, de esas que cualquiera comparte sin pensarlo dos veces, de esas que llenan los álbumes de cualquier familia normal y corriente de este país.
Y entonces llegó la respuesta. Dos días enteros de insultos y amenazas, en abierto y en privado, la mayoría lanzados desde perfiles sin cara: gente que probablemente se cruza con él en el pueblo y que solo se atreve a decir esto escondida detrás de una pantalla.
Le dijeron algo muy concreto, y conviene detenerse en ello porque es la clave de todo lo que viene después: que el problema no era la fotografía, ni el gesto de compartirla, sino la propia familia que aparecía en ella. Que dos padres, por el mero hecho de serlo, ya suponen un daño «irrevocable» para sus hijos, palabra que alguno de esos comentarios llegó a usar sin pudor ninguno. No hablaban de una imagen. Hablaban de que esa familia no debería existir tal y como existe.
Y aquí es donde a mí se me revuelve algo por dentro, porque hay que ser muy cínico, o muy hipócrita, o las dos cosas a la vez, para invocar la salud mental de dos criaturas y en el mismo aliento dedicarte a bombardear con insultos y amenazas a su familia durante dos días seguidos. Si de verdad les preocupara la salud mental de esos niños, el primer gesto de responsabilidad sería cerrar la boca. Pero no. Prefieren la cacería disfrazada de preocupación. Prefieren señalar con el dedo mientras se llevan la otra mano al pecho, fingiendo escandalizarse.
Y no nos engañemos: esa misma gente no se lleva las manos a la cabeza con la misma intensidad por la infancia que de verdad se juega la vida en este mundo. No la vemos indignarse igual por los niños de Gaza, ni por los de Sudán, ni por los de tantos otros conflictos que ya ni siquiera abren telediarios. Esos niños, para una parte de este discurso, dejan de ser niños en cuanto conviene. Se convierten en sospecha, en estadística, en cualquier cosa menos en infancia que proteger.
La preocupación por los menores, en su boca, tiene fecha de caducidad, y caduca en dos momentos muy concretos: en cuanto se sabe de quién son hijos, y en cuanto nacen. Porque a esta misma gente le preocupa muchísimo un feto —ahí sí se echan a la calle, ahí sí es sagrada la vida— pero en el instante en que ese feto se convierte en un niño real, con nombre, con dos padres que no encajan en su esquema, o con la mala suerte de haber nacido con otro color de piel o en otro lugar del mundo, el interés se apaga de golpe. Su infancia deja de importar exactamente en el momento en que empieza a existir fuera del vientre y dentro del mundo real, ese mundo donde hay que sostenerla, protegerla y, sobre todo, dejarla vivir como es.
Basta con leer los propios comentarios bajo esa fotografía para ver de qué pasta está hecha esa moral. Hay quien cita la Biblia con total convicción —que Dios los hizo «varón y mujer» para que fueran «una sola carne»— y remata pidiendo que «los gobiernos esto no deberían permitirlo», como si su fe personal tuviera que convertirse en Código Penal para el resto del país. Y hay quien, con menos versículo y el mismo desprecio, escribe que «eso de la foto» bien podían hacerlo «en su dormitorio», que «alardear» le repugna. A ese paso, lo suyo sería pedir directamente que se recupere la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 —la que el franquismo usó para perseguir, encerrar e internar a los homosexuales— no vaya a ser que a alguien más se le ocurra «alardear» de ser feliz.
Ahí está la clave de todo, dicha sin ningún disimulo: no piden que Rafa deje de querer a su marido. Piden que deje de enseñarlo. No les molesta que exista esa familia, siempre que exista puertas adentro, sin fotos, sin redes, sin la insolencia de parecer felices en público. Es la misma vieja exigencia de siempre, la del armario: podéis ser lo que seáis, pero calladitos. Quered, pero a oscuras.
Esa es la hipocresía cristiana de la que estamos hasta el moño: una moral de cartón que se activa únicamente cuando conviene señalar a quien no encaja, y que se apaga en cuanto el sufrimiento infantil deja de servir para reforzar sus prejuicios.
Rafa, con una entereza que a mí personalmente me deja sin palabras, decidió no borrar la fotografía. Muchos, desde el cariño, se lo pidieron. Y él respondió con una frase que debería colgarse en cualquier pleno de este país: borrarla sería aceptar que hay algo malo en ella. Y no lo hay.
##Un solo hilo## El discurso y el ataque no son dos episodios aislados: son la misma lógica cambiando de traje. Antes, un argumento político dicho en voz baja, dirigido a un chico que todavía se estaba descubriendo a sí mismo. Ahora, un aluvión de mensajes anónimos dirigido al padre en que se convirtió, a pesar de todo lo que le dijeron que debía ser «la última opción».
No hace falta una orden ni una firma para que un discurso se convierta en agresión. Basta con la permisividad: con que ciertas ideas circulen sin coste alguno, con que nadie pida cuentas por ellas, para que el salto del argumento al insulto se acorte cada vez más y se repita con más frecuencia. Eso es lo que de verdad hay que señalar: no hace falta una autoría concreta detrás de cada mensaje de madrugada, basta con el terreno abonado que hace que cualquiera se sienta con derecho a escribirlo.
Y conviene no relativizar hasta dónde puede llegar esto si se deja crecer sin freno. Ya no hablamos solo de insultos en una pantalla: en este mismo país ya ha habido palizas a periodistas por hacer su trabajo, y crece también la violencia contra quienes esta misma gente decide que no son «gente de bien» —feministas, personas de izquierdas, homosexuales, inmigrantes—, como si la lista de quién merece respeto la pudieran ir recortando ellos a su antojo. La permisividad no se detiene sola, y quien hoy tolera el discurso que empuja al insulto puede estar, sin darse ni cuenta, tolerando ya algo bastante peor.
Que quede dicho con claridad: esto no es un problema de un concejal del PSOE. Es un problema de todo un pueblo cada vez que decide que hay familias de primera y familias de «última opción», y cada vez que deja pasar sin consecuencias los discursos que preparan el terreno para lo que viene después.
No hace falta compartir ideología para reconocer lo evidente. El ataque no está en una fotografía de una familia feliz. Está en el insulto, y en la permisividad que lo hace posible y cada vez más frecuente, en la comodidad de quienes hoy se visten de preocupación por la infancia mientras contribuyen activamente a destrozarla.
Rafa no está solo. Y quienes hoy se benefician de forma silente de un ambiente que ya no distingue bien entre el argumento y la amenaza deberían leer las dos historias juntas y entender que nunca fueron dos. Fue siempre la misma.