Sobre la moción del 25N y la negativa de la derecha

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lo que decimos

Otro 25 de noviembre. Podría aquí hablarles de qué significa este día, de cómo está resultando en un faro ineludible en la lucha contra el antifeminismo y el negacionismo; de cómo España, Europa y el mundo en su conjunto navegan por una ola reaccionaria que niega la existencia misma del motivo de este día: la violencia contra la mujer. Sin embargo, y ciñéndome al ámbito puramente local de esta lucha global, voy a hablar de los intereses variables.

No los de las hipotecas —que darían para un monográfico sobre vivienda—, sino los políticos. De cómo el apoyo a lo que es una lucha de todas y todos que incluso consignó un Pacto de Estado —en 2017, con el PP en el gobierno—, ha ido variando conforme el interés partidista de cada momento. En 2023 nos pusimos de acuerdo todas las fuerzas aquí representadas, con talante de diálogo y aportación, lo que convertía al texto en una declaración institucional. Nos felicitábamos por ello, recogen las actas. En 2024 empezaron a asomar las diferencias, pero se instó, por parte de la derecha, a la responsabilidad del objetivo común. Este 2025, con el olor a las elecciones más cerca, parece haberse acabado el cupo de responsabilidad. Ya hay líneas rojas insoslayables, ya hay «puntos que si no se meten valen una abstención». Salga como salga este texto, ya sea como propuesta del área, como moción en solitario, de forma conjunta o como declaración institucional, los males que señala serán los mismos. Lo que no será lo mismo será el compromiso de cada fuerza aquí sentada para ponerles freno, para dejar las diferencias a un lado y trabajar a una. Esto habla a las claras de qué pretendemos representar cada uno de nosotras y nosotros, de qué país queremos, de qué Rinconada queremos.

Hay quien está dispuesto a la vía de la pena, del garrote. De que la sociedad, en vez de educar y proteger, se vengue. Ejemplos tenemos sobre en qué deriva fomentar este tipo de sociedad. Otros, de negar la mayor y que esas cosas se diriman de puertas para dentro, como toda la vida se ha hecho. Para quien se sienta cómodo en esas latitudes, recordarle que estamos en 2025, y que tampoco el derecho de pernada sigue vigente.

Este punto, nos tememos, será una extensión del discutido el mes pasado acerca de las pulseras electrónicas. Puede que, de nuevo, nos llamen sacavioladores, amigos de Hamás o etarras. Puede que, de nuevo, este salón de Plenos se convierta en escenario de la infamia de insultar a una mujer por pensar diferente. La derecha, particularmente el PP, se siente muy cómoda en este juego de disparar y sentirse ofendido a la vez, de interrumpir y pedir silencio —al portavoz de Vox, curiosamente, no se le puede achacar esto, y se lo agradecemos—, de declararse feminista pero abstenerse en una declaración contra la violencia hacia la mujer. De pedir perdón a las víctimas de los cribados y decir, con los mismos argumentos, que los demás trabajan contra las mujeres.

Intereses variables, decía, que de nada valen a quien sufre, que de nada sirven a quien va dirigido este texto. Nos comentaba la delegada de Igualdad en el pasado pleno que 135 mujeres están, en este municipio, vigiladas para su protección. Es decir, las victimas palmarias de la violencia machista. El PP, en un doble ejercicio de irresponsabilidad, utiliza a las 3 que son usuarias de las pulseras para negar su apoyo a las 135 y, de paso, para meterles el miedo en el cuerpo. Les falta aquello de «que vienen los rojos», que casa perfectamente con lo que somos «sacavioladores».

Este 25N, lamentablemente, se verá empañado por la falta de una declaración a la altura de las circunstancias, lo que señala con brutal claridad quién tiene capacidad de consenso y quién tiene intención de pasear la bandera. Quién está para pelarse los codos y quién para aprovechar los minutos y el micrófono para sembrar miedo y odio, para señalar al diferente, para tener una España ordenada. Nosotras lo tenemos muy claro: este día, estas mujeres, no deberían tener más discusión que la de cómo podemos aportar.

Segunda

Señora Moreno, ve usted maldad donde no la hay. Supongo que lo de «se cree el ladrón que todos son de su condición» se aplica. Yo también les invito a escuchar el pleno anterior.

En esta segunda intervención, permítanme que les ahorre una discusión y hablemos del propio texto de la propuesta del área de Igualdad, una propuesta en la que este grupo, como ya se ha dicho, ha introducido aportaciones mediante el diálogo y el trabajo. Nunca hemos escondido que los textos aprobados son, para nosotras, política e ideológicamente cortos, pero ello nunca nos ha impedido debatir y adherirnos a lo que, como decía, debe ser una lucha para todas. Porque de todas trata este asunto, no sólo de las mujeres a las que, legal o institucionalmente, se les denomine víctimas. El propio nombre del día lo deja claro: Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. La ONU, además, lo dedica este año a un fin concreto: la violencia digital, señalando que no sólo la violencia física o sexual son las únicas que sufrimos las mujeres.

La violencia contra la mujer es una violencia estructural, que atraviesa nuestras vidas adoptando formas muy diversas —física, sexual, psicológica, económica, institucional, digital…—, todas ellas manifestaciones de la violación de los derechos humanos más normalizada y extendida en el mundo.

Esta violencia no es un fenómeno aislado, ni circunstancial, sino parte de un todo sostenido por desigualdades materiales, simbólicas y económicas. No son causales la feminización de la pobreza, la sobrecarga de cuidados, la brecha salarial, la precariedad laboral, sino que tienen en común a la mujer. La mujer que cobra menos trabajando lo mismo, la mujer que cuida universalmente aunque se puedan compartir responsabilidades, la mujer que muere porque eres mía o no eres de nadie. En ese esquema, somos objeto, no sujeto. La negación de estas violencias es, por tanto, la propia negación de nuestro derecho a ser sujeto.

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